Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.
El 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha impulsada por la Federación Mundial de Salud Mental y la Organización Mundial de la Salud para visibilizar el bienestar emocional y combatir el estigma.
Octubre se convierte, así, en un mes propicio para reflexionar sobre la fragilidad humana, las carencias de atención y la responsabilidad colectiva de cuidar a quienes más necesitan comprensión.
Recientemente leí una noticia profundamente dolorosa: un joven de unos veinte años, con discapacidad, ingresó a un recinto donde se encontraban leones, aparentemente con la intención de jugar con el animal.
Testigos relataron el hecho, pero nada explica ni justifica la pérdida de una vida tan joven.
La tragedia me hizo pensar en cuánto nos falta como sociedad: falta cultura de prevención, falta comunicación accesible y falta acompañamiento afectivo y real.
No basta con colocar letreros, anuncios o advertencias pensadas para personas que leen, comprenden instrucciones y evalúan el peligro de la misma manera.
Muchas personas con discapacidad intelectual, del desarrollo o condiciones de salud mental requieren mensajes claros, visuales, adaptados y, sobre todo, presencia humana.
La prevención no puede limitarse a la señalización: debe traducirse en atención cercana, paciencia y cuidado.
La indiferencia también es una forma de abandono.
Cuando una persona con discapacidad queda sola frente a situaciones que no puede dimensionar, el riesgo aumenta.
Independientemente de su edad cronológica, puede requerir el acompañamiento de un adulto responsable que la proteja, la oriente y la contenga.
No se trata de negarle autonomía, sino de reconocer que la autonomía se construye con apoyos, confianza y seguridad.
En Tamaulipas, el Sistema DIF cumple un papel relevante al brindar atención a personas con discapacidad y sus familias.
A través del Centro de Rehabilitación y Educación Especial (CREE) y el Centro de Autismo Tamaulipas (CATAM), ofrece rehabilitación, terapias y atención especializada; además, facilita certificados de discapacidad, apoyos funcionales, prótesis y gestiones para mejorar la movilidad y la inclusión.
Estas acciones son valiosas, pero deben acompañarse de una cultura social que no mire a la discapacidad como carga, sino como una condición que exige dignidad, protección y oportunidades.
Cuidar la salud mental es también cuidar la vida.
Significa estar presentes, preguntar, escuchar, acompañar y no permanecer indiferentes ante el dolor o la vulnerabilidad de los demás.
La tragedia de este joven debe dejarnos una lección: ninguna vida se pierde solamente por un accidente; a veces se pierde por la suma de soledad, falta de prevención y ausencia de redes de apoyo.
Una sociedad se debe medir por la capacidad de proteger a quienes no pueden protegerse solos.
Construyamos espacios seguros, mensajes comprensibles, familias acompañadas e instituciones sensibles.
Porque estar presentes puede ser, en muchas ocasiones, la diferencia entre el abandono y la vida.

